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Vivir sin lo superfluo (VML)

Ilsted-1907

Editorial de Revista Domus Nº773 / Agosto 1995 / Vittorio Magnago Lampugnani

Traducción: RS

Durante los dos últimos meses hemos establecido el inevitable compromiso ecológico que le corresponde al diseño contemporáneo. Y también consideramos, brevemente, sus implicaciones. Aunque no las hemos llevado hasta consecuencias extremas. Porque la consecuencia extrema del respeto por la naturaleza es dejarla tal cual está. El mayor ahorro de energía se logra si no utilizamos nada de ella. La menor contaminación ambiental es el resultado de no producir ningún desperdicio. Resumiendo, estos axiomas –notoriamente manifiestos- nos llevan a la igualmente obvia conclusión de que el ideal de la ecología equivale a la suspensión de la producción.

¿Estamos exagerando? Si, por supuesto. Pero William Morris también exageraba cuando en 1890 describía, en su fantástica novela “News from Nowhere”, un mundo en el que las minas de carbón habían sido abandonadas y las grandes obras arquitectónicas de metal y cristal –junto a las extensas vías del ferrocarril de las que el siglo diecinueve estaba tan orgulloso habían sido extirpadas y demolidas; quedando como únicos medios de comunicación otra vez los caminos, ríos y canales, y las únicas fuentes de energía volvían a ser el agua y el viento.

Su regresiva utopía aún destella a manera de previsión. Revisemos entonces lo que la renuncia al consumo y a la producción podría significar para la cultura del diseño. O mejor: veamos dónde  sería razonable la aplicación de tal renuncia.

Deberíamos comenzar con nuestras ciudades. Nuestro recurso más preciado e importante es el paisaje. Podemos dejar de utilizarlo si detenemos la expansión territorial de las ciudades. En el caso de las ciudades europeas, esto no solo es posible sino también recomendable. La población de este continente ya ha dejado de crecer, y las necesarias readaptaciones –resultado de las corrientes migratorias y del crecimiento de los patrones individuales- pueden perfectamente llevarse a cabo dentro de los límites de la ciudad misma, condensándola y consolidándola. Esto incluso incrementaría la eficiencia de la infraestructura y la intensidad de vida.

            Asimismo, la arquitectura debe ser explotada de forma más racional. Nuestras ciudades y campos están repletos de edificios semiocupados e incluso abandonados.Pueden arreglarse y revitalizarse de muchas formas diferentes, en lugar de construirlos uno pegado al otro, sobre terrenos que podrían o deberían quedar libres, casas nuevas que consumen espacio y energía innecesariamente. Y que, cuando deben ser reem- plazadas, originan montañas de desperdicios.

Podemos considerar de igual manera a los muebles. Inmensas cantidades de muebles se fabrican, se venden y se eliminan sin sentido, en lugar de limitar su número a piezas resistente y elegantes, capaces de soportar sin problemas el paso del tiempo. Todos saldríamos beneficiados de esta limitación: fabricantes -que se concentrarían en la calidad de sus productos, colocándolos en el mercado a precios accesibles-; consumidores –que restringirían sus gastos, de por sí bastante altos, para ocasiones determinadas-; y finalmente, la comunidad que prescindiría del fastidio de un flujo constante de productos de mala calidad que en definitiva se convertirían en toneladas y toneladas de basura.

Y por último, los objetos de uso. Aquí, de forma particularmente intolerable, reina el consumo con su engañosa concatenación de consecuencias: excedentes de producción; incorporación de falsos deseos de proeza herculianas de mercado; aplicación periódica de “maquillaje” a los productos presentados en envases aún más espectaculares, acaparadores de espacios e inútiles; compras frenéticas y carentes de sentido que arrastran sus no menos absurdas “necesidades”; y, por último, montones de basura, inmensos, costosos y también peli- grosos. Un circulo vicioso inútil para todos, que ya no puede soportarse más. Para detenerlo, solo tenemos que preguntarnos: ¿en realidad necesitamos todo esto? ¿Y es ésta una situación general, principalmente económica? Nos damos cuenta, por supuesto que la formulación de estas preguntas origina una rebelión. Y que el análisis de las consecuencias, da lugar a un sacrificio.

Sin duda alguna, resulta más sencillo y menos traumático para todo el mundo simplemente proseguir con el “consumo conspicuo”, que ya había denunciado Thorstein Veblen apenas una década después de la publicación de “News from Nowhere”: a cargo del arquitecto, proyectista, diseñador de interiores, artesano y diseñador industrial. Y también para el emplea- dor, el fabricante, el usuario y el consumidor. Salvo que nadie se permita volver a hacerlo nunca más. Y si no nos revelamos ahora, si no nos sacrificamos ahora, la rebelión y el sacrificio nos serán definitivamente impuestos por la situación eventual.

¿Una exageración? Puede ser. En realidad, no tenemos la intención de detener la producción y de detener el consumo. Todo lo contrario, lo que deseamos es evitar sentirnos presionados a hacerlo. Por esta razón, tenemos que, de aquí en adelante, de manera deliberada y consciente, abandonar aquella parte de nuestro consumo y aquella parte de la producción cuyas renuncias no incluyen ningún sacrificio substancial. Esta es, creemos, la única esperanza que nos queda de no tener que abandonar pronto absolutamente todo. El desarrollo y la implementación de una estrategia de renuncia a lo superfluo no es tarea exclusiva de arquitectos y diseñadores gráficos. Posee aspectos éticos, sociológicos, políti- cos, económicos y tecnológicos que deberían ser abordados por personas idóneas. Pero también existen aspectos estrictamente relacionados con el diseño. Y es la función de nuestra profesión tratarlos: como técnicos y ciudadanos de un mundo que debe ser  defendido  de un  peligro, nosotros mismos.

Vittorio Magnago Lampugnani / Domus, Agosto 1995

(Imagen: fragmento de “Interior with white chair”. Peter Vilhelm Ilsted, 1905)

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