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Sobre el Detalle (VML)

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Editorial de Revista Domus N° 776 / Noviembre 1995 / Vittorio Magnago Lampugnani

Traducción: RS


El “buen Dios”, solía decir Ludwig Mies van der Rohe, “está en el detalle”. La máxima no vale sólo para el maestro alemán, sino para la toda la cultura del proyecto. No nos cansaremos nunca de insistir sobre la importancia que las cosas aparentemente pequeñas, marginales y para nada deslumbrantes tienen para la ciudad: la iluminación y la pavimentación de las calles, la factura de los cordones de las veredas, la superficie de las veredas mismas. Que tienen los detalles para la arquitectura: el encuentro del basamento, el paso de la piedra al revoque, el diseño de la cornisa, el detalle de la canaleta. Que tienen las terminaciones del equipamiento y de los objetos de uso: la costura, la junta, el revestimiento, el tratamiento de la superficie. Son elementos esenciales del proyecto, sus partes integrantes. Indicadores de su calidad.


Nada de menos, pero tampoco nada de mas. Si el buen Dios está en el detalle, no por eso el detalle representa al buen Dios. No es, y no debe ser, la expresión primera (prima) del proyecto.


Porque el proyecto es un complejo y delicado mosaico compuesto de muchísimas piezas: la tríada histórica de la construcción, las funciones y la forma, las implicaciones y representaciones filosóficas, ideológicas, políticas, económicas y culturales, las cuestiones teóricas y prácticas, la implantación, el alzado, el desarrollo volumétrico y constructivo, por qué no, en efecto, los detalles. Olvidarlos o subestimarlos significa olvidar o subestimar una de las piezas del mosaico que es nuestro trabajo.  Sobrevalorarlos y hacerlos el punto de partida del esfuerzo proyectual quiere decir simplificar arbitrariamente el proyecto y desbarajustar un equilibrio que puede, por un lado, recibir diversas interpretaciones, por el otro no soporta ser corrompido impunemente.


En otras palabras: creemos, que en el proyecto, los detalles son importantes y deben ser cuidados exactamente como se cuida el partido o una fachada. Pero creemos que su perfección y elegancia no pueden cubrir o compensar debilidades en otros aspectos del proyecto. Además: si debe haber debilidades, nos aflige menos revisarlas en los detalles que en la totalidad. Porque mientras una implantación sólida con detalles descuidados puede todavía generar un buen proyecto, detalles impecables o hasta melindrosos no alcanzarán a hacer perdonar y tolerar una implantación errónea.


Hay, en este sentido, una subordinación de la parte al todo, y la idea que eso representa, es y resta más importantes que las partes. Y establecen características y roles. En una implantación fuertemente expresiva, por ejemplo, los detalles podrán ser tan experimentales y, de cualquier forma pasar a un segundo plano respecto de las formas irregulares, los colores violentos, los espacios glamorosos; se notarán apenas. En una implantación racional (¿o deberíamos decir racionalista?), en cambio, la simplicidad y reducción del conjunto se querrán encontrar en los detalles; y serán justamente estas características a hacerla bien perceptible. Los detalles ganarán así no sólo visibilidad, sino también importancia.


Nunca hemos escondido nuestra predilección por el rigor, es más, hemos buscado de circunstanciarla y motivarla. En consecuencia, estamos llevados a reforzar, reduciendo deliberadamente los elementos del proyecto, el rol del detalle. Apoyándose sobre pocas cosas, la ciudad, la arquitectura, el equipamiento, el objeto de uso revaloramos todos: también el detalle aparentemente más insignificante.


No por esto seden a la elegancia como fin a sí misma. Al detalle vuelto parte integrante del proyecto le será pedida la misma calidad que este último: racionalidad y claridad, esencialidad y rigor, solidez y discreción. Justo allí, donde el detalle viene exaltado, deberá perentoriamente negarse a cualquier indulgencia pretenciosa o decorativa, Deberá, finalmente, negarse a todo aquello que ignora o contradice las reglas generales del proyecto.


Se necesita, para hacer esto, el mismo empeño, la misma aplicación y la misma capacidad que solicita el proyecto en su totalidad. No siempre se puede esperar un esfuerzo tan completo. Si no podemos hacer a menos que elegir, a la acética precisión ejecutiva de tantos estudios comerciales y tantas empresas de confiable rutina preferimos la genuina tosquedad de proyectistas preocupados sobre todo de la realización de su idea precisa y la  simpática imprecisión de estructuras artesanales que miran a una producción de calidad. Pero, francamente, querríamos no tener que elegir. Querríamos poder buscar y poder encontrar, como en la obra de Mies van der Rohe, la misma atención al gran gesto como a la minúscula junta.


Vittorio Magnano Lampugnani / Domus, Noviembre 1995


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