Problemas InĂștiles (VML)
- 8 feb 2018
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Editorial de Revista Domus N° 768 / Febrero 1995 / Vittorio Magnago Lampugnani
TraducciĂłn de editorial
Deformamos nuestras tierras rurales con redundantes autopistas de seis carriles donde despuĂ©s los vehĂculos, que podrĂan acelerar hasta doscientos kilĂłmetros por hora, se ven obligados a obedecer la velocidad reglamentaria impuesta por las señales, el radar y la policĂa. Dotamos a nuestras ciudades con poblaciones satelitales situadas a distancias considerabilĂsimas del centro de esas mismas ciudades, para luego vincularlas trabajosamente mediante sĂșper autopistas y, en el mejor de los casos, a travĂ©s de trenes o subterrĂĄneos.
Articulamos nuestros edificios de manera compleja y a veces hermĂ©tica, de manera que con frecuencia no es fĂĄcil encontrar el ingreso, y casi siempre imposible orientarse en el laberĂntico interior sin la ayuda de sofisticados sistemas de señalizaciĂłn superpuestos a posteriori sobre una enmarañada arquitectura.
Proyectamos nuestros interiores, por motivos econĂłmicos y por comodidad del arquitecto, sin luz natural, para luego iluminarlos artificialmente con lĂĄmparas que producen gran cantidad de calor que, a su vez, debe ser forzosamente eliminada mediante costosos y extravagantes sistemas de aire acondicionado.
Producimos nuestros mobiliarios con materiales ecológicos y con procedimientos que respetan el ambiente natural, pero los diseñamos de tal manera que pueden seducir y aun obligar a los compradores a desecharlos después de un par de temporadas, creando con ello la necesidad de nuevos productos (y por lo tanto nuevos consumos energéticos), y contribuyendo a las montañas de desechos que afligen a los paisajes de la tierra.
Atribuimos a nuestros objetos de usos, siempre mĂĄs elegantemente vestidos, formas abstractas que no evocan las funciones del objeto mismo, y estilizados controles desconcertantes que obligan al usuario a estudiar fatigosamente tediosos manuales de instrucciones para su empleo.
Todos estos son ejemplos de problemas inĂștiles que surgen de aproximaciones equivocadas. Si simplemente detenemos la construcciĂłn de tantas autopistas demasiado veloces no habrĂa una necesidad ulterior de instrumentos para reducir la velocidad de los vehĂculos, los cuales, sobre las normales calles estatales no pueden alcanzar, en cualquier caso, tal peligrosa velocidad.
Si detenemos la construcciĂłn de pueblos satelitales apartados del centro de la ciudad, el problema de conectarlos con la ciudad no existirĂa. Basta conferir a los edificios una implantaciĂłn simple y clara para no generar la necesidad de un especial sistema de orientaciĂłn. Basta con iluminar y ventilar naturalmente los espacios de las viviendas para reducir al mĂnimo la necesidad de iluminaciĂłn artificial, y totalmente la del aire acondicionado. Si proyectamos muebles duraderos no tendremos el problema de su eliminaciĂłn por los rechazos. Basta diseñar objetos de uso que se comprendan para no tener necesidades de instrucciones prolijas y complicadas.
El supuesto es, lo admitimos, aquel de un terrible semplificateur. Denuncia una condiciĂłn de malestar real, aunque no siempre fĂĄcilmente remediable.
La condiciĂłn de malestar es esta: la cultura del proyecto, escuchando sobretodo las sugerencias imperiosas de la ideologĂa, de la tecnologĂa, del marketing y de la moda, ha sido de manera creciente atrapada por condicionamientos que han superado sus esfuerzos de las exigencias primarias que han sido el punto de partida.
Nos parece inĂștil reconstruir la historia (la cual tendrĂa que ser reconstruida caso por caso) de tal separaciĂłn. SerĂa mejor tratar de inmediato cerrar la brecha. Y para hacerlo, habrĂa que aprender de las vanguardias. En los albores de nuestro siglo, ellas han cuestionado todo y a todos, recomenzando desde un principio para cada problema que se han planteado. Este recomenzar, que a veces nos ha parecido afectado, les permitiĂł ver cosas a travĂ©s de una mirada cĂĄndida y, en consecuencia, lograr resultados sorprendentes. ExistĂa una necesidad, entonces, de abordar la ruta demasiado trillada del eclecticismo historicista. Hoy es necesario liberarse de la maraña de conocimientos generados por la sucesiĂłn a veces contradictoria de los desarrollos modernistas.
Porque en efecto, esos desarrollos no siempre condujeron a progresos reales. A menudo, los progresos parciales fueron seguidos por un retroceso. En el curso de la historia reciente, no ha cambiado solamente la dirección de las investigaciones sino también el sistema de coordenadas en el cual tales investigaciones se inscriben.
Es necesario dar un paso atrås y verificar, con ojos desilusionados, si el camino recorrido nos ha llevado hacia adelante o, volviendo hacia si mismo nos ha forzado a vacilar y aun a retroceder. Curiosamente, nos daremos cuenta que a veces es precisamente por mirar atrås que podemos lograr progresos. En la tradición, en efecto, encontraremos que algunos de los problemas que hoy nos afligen han sido ya resueltos antes, en un pasado mås o menos remoto. Con la mente limpia y liberada de prejuicios, descubriremos, ya casi prontas o al menos correctamente establecidas, aquellas soluciones inmediatas y cristalinas que en el mundo de las contradicciones del presente hemos buscando en vano.
Una condiciĂłn necesaria es que la mirada atrĂĄs sea verdaderamente desilusionada: de manera de poder elegir sobre la base de lo que realmente buscamos. No se trata de complacernos con la tradiciĂłn considerĂĄndola un valor en si. Se trata de buscar y encontrar, en la tradiciĂłn, soluciones modernas. TambiĂ©n el pasado debe ser observado a travĂ©s de los ojos del presente. Debe ser visto, en suma, como una acumulaciĂłn de proyectos que requiere ser explorada, cauta, inteligente y astutamente para extraer las lĂmpidas respuestas que estĂĄn sepultadas por un olvido en el cual ellas continĂșan e inevitablemente caen.
Vittorio Magnago Lampugnani / Domus, Febrero 1995