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Maledetti Architetti

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Maledetti Architetti / modesto manifiesto contra el buen gusto de los arquitectos

Fragmento del artículo escrito para la publicación Scalae #07, Mayo 2006, dedicada a Gerardo Caballero, bajo la columna “Tránsito”. Luego, adaptado y publicado en 2016 en el libro “Espacios para una Nueva educación” de la cátedra de Ana Etkin, UNC.

Por una cuestión circunstancial me tocó leer, hace ya unos cuantos años, la traducción italiana del libro From Bahuhaus to Our House, de Tom Wolfe, cuyo título creativamente interpretado resultaba Maledetti Architetti.

Renegué un poco de aquella lectura. Un dandy americano hablando así de los maestros europeos. Cómo se le podía ocurrir a un “periodista de opinión” asestar tales barbaridades sobre los arquitectos de la modernidad, sobre Mies, Le Corbusier o Gropius. Inmediatamente, con mezcla de bronca y superación, lo descarté; es más, creí haberlo regalado o perdido hasta hace unos días.

El tiempo pasó, y debo aceptar que el calificativo de traduttore tradittore me empezó a sonar, si no acertado, al menos familiar, mientras experimentaba la insufrible superficialidad del discurso de mis colegas en todos los ámbitos posibles y su consecuente alejamiento de la sociedad o cualquier tipo de construcción cultural.

Aclaro, esto no es una reivindicación del libro de Wolfe, lo mantengo en mi larga lista de lecturas intrascendentes. Es, más bien, muestra del sentimiento de incredulidad que me producen los discursos repetidos e inconsistentes, las poses sociales y una buena dosis de incompetencia, pero, sobre todo, de la impotencia personal creciente frente al estado de situación en nuestra disciplina.

Ahora bien, en qué sostengo semejante opinión cuando, obviamente, resulta odioso escribirle a arquitectos sobre el descreimiento que provocan. Trataré de hacerlo a partir de enumerar algunos indicadores que puedan ejemplificar las circunstancias a las que me refiero:

1- Los arquitectos se preocupan cada vez más por estilizar el mundo aceptando implícitamente que el mismo ha sido ya definido por el mercado, la historia o el estado. Los argumentos para sostener sus intervenciones terminan siendo siempre estéticos (aunque se trate solo de gustos), se dice lo que va bien para cada caso, del mismo modo en que opinaría un modisto o un peluquero, un estilista en la jerga actual.

2- Desde que la mecánica del espectáculo es adoptada por la arquitectura en cuanto modo de reproducción, la principal preocupación de los arquitectos pasa a ser el éxito mediático (las publicaciones de arquitectura se parecen a las del corazón), dejando de lado las responsabilidades que le competen como construcción cultural.

3- Para los arquitectos resulta más cómodo llevar el discurso argumental a campos incomprensibles, encriptados y subjetivos. De esta forma, lo dicho no se entiende en los ambientes populares por creerse culto, ni en los ambientes académicos por el aura artística que los rodea y disfraza. Resumiendo, queda mejor verse “raros” que útiles.

4- Los arquitectos prefieren repetir modelos ya probados y avalados derivando directamente en la auto referencia y la banalidad, en lugar de cuestionar dichos modelos a través de un proyecto crítico y estructurado ética y profesionalmente.

5- Bajo las condiciones impuestas por el mercado, los arquitectos toman dos posturas igualmente inútiles: reniegan como superados intelectuales o bien se asocian dócilmente como el más nefasto mercader, eludiendo el trabajo que implicaría la concientización necesaria del interlocutor para arribar a una construcción valedera.

Ante este panorama, la sociedad reacciona de modo unívoco sea cual fuere su posición en la misma: descreimiento, hastío y, por último, rechazo. Hagamos el ejercicio si no, de imaginar dos escenarios que, para los arquitectos, siempre se presentaron como incompatibles:

Escenario pop, aquel del comitente privado, tan apto a las lecturas de moda: Aquí nuestro arquitecto resulta el intermediario necesario entre el deseo y su objeto de representación. Es el consejero de buen gusto, el estilista indicado para su casa o el que dará el toque justo para que su inversión comercial sea un éxito. Esta experiencia termina, la más de las veces, en una acción superficial y pasajera.

Escenario cool, una facultad de arquitectura cualquiera, luego de la exitosa conferencia del star de turno: En su su contenido hay muchas imágenes fascinantes y un argumento nebuloso, una gran cantidad de palabras y citas que reunidas no forman un discurso y mucho menos una opinión. Dejamos decantar y nos quedamos sólo con decisiones subjetivas apoyadas en fórmulas e imágenes, más o menos a la moda, según el disertante.

De ambos escenarios podemos extraer la misma conclusión, el sabor que nos queda de la participación del arquitecto es el mismo: nos vendieron una postal de muy buen gusto o, como diríamos en Argentina, nos vendieron un buzón.

Ricardo Sargiotti

Mayo 2006 / Febrero 2016

NOTA

Qué bueno resulta comprobar diez años después que sigo estando de acuerdo conmigo (en algunas cosas)

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